diciembre 23, 2011

Pequeños cuadrados


Te pusiste a ordenar pequeños cuadrados

en los rincones del salón de las fracturas

«la cama debe esperar»


Los ganchos de algodón se te cayeron en la cabeza

al remover las baldosas de la ladera

«el sueño devendrá neblina»


Cinco estrellas tiene la punta del árbol

donde la sombra hiela tu sombra

«cuando despierte te quiero acá»


La mesa se ha descompuesto

bajo el peso de la agobiada escenografía

«para abrazar el aliento cansado»


Te veo escribir en el vaho de un vaso

el nombre escondido de tu carne

«y besarnos caricias borrosas»


Una hoja de árbol se ha secado

pintando tu mirada de un dorado incrédulo

«hasta que la madrugada con su hielo te reclame»



Fue para Fénix, icono hermoso

diciembre 15, 2011

Versos blancos acerca de nada

Dejo unos versos sobre la mesa
Para que los leas cuando el sol te invada
Me refugio esperando la nevada
Frío terrible, mi rostro besa

Devoro hambriento un labio de fresa
Una boca roja de una novia robada
Me doy prisa antes que me mande a la chingada
¡Ah! ¡Cómo adoro a mi novia polonesa!

Me atraco con la carne fantasmal de mi condesa
Su aliento de niña abrumada
El aroma de su sexo, flor perfumada
Esta mujer es en el mundo una rareza

Tú dirás si continúo con esa
Forma de hacer publicidad pagada
El frío lastima mi mano cortada
¡Eso me gano por no haber nacido en el seno de la realeza!

[fue para Ethel Castro, aunque no lo sepa]

diciembre 07, 2011

Museo del escritor : una crónicaótica


Ahí estuvimos, René, pero los admiradores y las cámaras no te dejaron solo ni un momento para poder saludarte (y enviarte el saludo que te envió Leticia). Es cierto, es un espacio pequeño, pero el contenido es mucho más grande, y eso cuenta indudablemente. Lo único que me decepcionó fue no haber visto aquel enigmático libro de Edgar Poe que tenías en un anaquel de la Fundación, pero me emocionó encontrarme con Elena Garro. No sé si la viste, pero ella andaba por ahí, se veía muy bien, muy joven y hermosa, caminaba lentamente mientras leía los recuadros que acompañaban los objetos. Creo que le llamó mucho la atención la máquina de Otto-Raúl, porque se quedó quieta un rato frente a ella. O tal vez dios puso pausa al VHS del universo mientras iba al sanitario celestial, no sé. Bueno, mi querido amigo, estaremos dando nuestras visitas por ahí, llevaré a mi grupo de escritores a visitarlo, incluyendo a Claudia. Y me conseguiré una novia para darle sus besos en un rincón apartado del propio parque, a las 8 de la noche, cuando está oscuro. El puente de piedra parecía un buen lugar. ¡Adiós!


Ciudad de México se ha vuelto intransitable, mucho de eso se lo debemos a Marcelo Ebrard, pero también a la creciente cantidad de automóviles y a la escasa educación de los mexicanos. Ciudad de México es un lugar donde ya nadie llega a tiempo. Salí con más de dos horas de anticipación (de Lomas de san Lorenzo, Iztapalapa, a Observatorio, Miguel Hidalgo, no deberías hacerte más de noventa minutos. Pero, ¡ni madres! Dos horas no fueron suficientes.)

Cómo ocurrió todo. Salgo de casa. No había combis hacia el Periférico. Largos minutos de espera. En Periférico, no había camiones ni micros al metro Constitución de 1917. Cuando finalmente arrivé al metro, no había trenes, cuando un tren llegó, la sobrepoblación me impidió abordar. Al segundo tren, pude subir sin problemas, pero avanzaba lentamente, y los empujones hicieron imposible la lectura. Llegué a Chabacano, me pasé a la línea 9, luego a la 7, bajé en la estación Constituyentes y, ¡maldita sea! Las jodidas escaleras eléctricas estaban madreadas. Tres niveles de tres bloques de escalera para llegar a la superficie, con sus obligadas escalas para recuperar el aliento y quitar los calambres de las piernas (no soy atleta, yo leo libros). Al salir, los puercos me detuvieron y me pidieron mi identificación. Obviamente les eché bronca, por qué la quieren, quiénes son ustedes, no puedes pasar si no la muestras, por qué putas madres no, quién compró la calle, total que no me dejaron pasar y tuve que dar la vuelta, uno de los cerdos me siguió unos metros, pero desitió. Habrá presentido el peligro en mi mirada, más probablemente le regañarían si abandonaba su puesto. Llegué al Parque, lo tuve que atravesar, un amable me explicó dónde estaba el Museo, hasta el fondo del lado contrario de donde entré. Para entonces, ya me había dado una vuelta por la zona sin hallar el número 94. Como sea, logré llegar, demasiado tarde y demasiado cansado. Saludé a Elena, recorrí los pasillos, René estaba rodeado de micrófonos y personas, pasó el tiempo, me entretuve con el espacio de Inés Arredondo, con el de José Agustín, con el de Salvador Elizondo. Media hora más tarde, seguí cansado, con mucho calor, me salí a caminar por el parque, platiqué con unos muchachos que practicaban su baile de Hip-Hop, y me fui por unos tacos al pastor que había visto después del incidente con los marranos.

El regreso a casa fue simple, lo de siempre. En el micro apagaron la luz y no pude leer. Necesito unos audífonos nuevos.

diciembre 01, 2011

Los nietos de la Nación

Fueron nuestros padres
aguerridos, radicales
En sus ojos se dibujaba el orgullo
y la altanería de una raza
eternamente joven
¿Qué ha pasado?
¿Adónde se ha ido la Grandeza?
En nuestros ojos turbios
se delinea la vergüenza
Nos hemos hecho viejos demasiado pronto
Los huesos nos duelen
nos rechina el alma
¡Abuela Patria! ¡Ven!
Tenemos frío









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noviembre 22, 2011

La oxidada maquinaria del amor

«Tu cuerpo ya no me produce placer alguno. En esta carta quiero deshacerme de ti. Tú eres lo que me ha destruido, no la soledad. La amarga leche del sol. Así es como te imaginé. Las tristes lágrimas de las estrellas. Así conjuré tu nombre. La oxidada maquinaria del amor. A esto se ha reducido todo lo que siempre había deseado, toda la felicidad que se quedó atascada en un engrane mal aceitado. Las amargas frutas del recuerdo. Pero no pienso probarlas nunca más. Yo no soy capaz de seguir viviendo bajo el mismo techo que tu cuerpo.»


El hombre que escribía así, dio un respiro y se secó las lágrimas. No es fácil reconocer que has dejado de amar al amor de tu vida. Pero cuando algo que se ha mantenido oculto, inconsciente durante tanto tiempo, salta de pronto a la vista, no hay marcha atrás; sólo quedan unos pocos caminos.


Ella, hacía varios meses que estaba muerta. Eso no importó para que él la siguiera amando. El amor no acaba con la aparición intempestiva de la muerte; crece. Y saca las garras para aferrarse con fiereza a la carne de su portador.


La ausencia del ser amado prolonga ese amor, lo alimenta. Su cuerpo yace sobre la cama, sin vida, sin movimiento, sólo cuerpo y nada más. Él lo mira y cada noche trata de amarlo con desesperación, pero ese cuerpo sólo es ausencia y silencio. Y así es mejor, porque cuando está vivo, el amor te desgasta, te succiona hasta la última gota de juventud y te vuelve viejo en pocos años.


Toma aquel cuerpo entre sus brazos y lo arrastra por la casa. Lo lleva al patio y cava un agujero, donde lo deposita. Y él cree que se ha liberado de él. Cansado, se va a dormir. Cuando abre los ojos, el cuerpo de su amante muerta lo abraza bajo las sábanas. La mira y la insulta, pero ella no escucha, ella ya hace un tiempo que está muerta. Y él se levanta, se acerca al escritorio lleno de hojas y manchas de tinta, y escribe. Alguna cosa sobre la oxidada maquinaria del amor, puros sinsentidos; sólo escribir y eso es todo. Y decide acabar de una vez por todas con esa insensatez. Cava agujeros por todo el patio, y sepulta los pedazos del cadáver, y lo encuentra remendado cada mañana, abrazándole, y él nunca recuerda lo que hace esas noches de insomnio frenético, cuando la fiebre juega en su cabeza. El óxido, supone, no sólo llegó a su corazón, también provocó un desajuste en su cerebro. Y en su alma, si existiera. ¿Existe el alma?


“¿Y si la devorara?”, pensó. Y preparó las salsas y las ollas. Trajo algo de pan, un poco de vino, sólo un poco, no es necesario perder la cabeza. Platos limpios, mesa cuidadosamente preparada, tulipanes en el florero lleno de agua fresca. Parecía la cena de una familia en su casa acogedora y amorosa, ante un delicioso fuego.


Despertó bañado en su vómito, abrazando la almohada manchada de sangre y vísceras mal digeridas, decidiéndose a terminar con todo de una vez y para siempre, sin saber exactamente qué tenía que hacer para conseguirlo.


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noviembre 19, 2011

Un zoológico secreto: Nancy


Nancy

—Te preguntarás por qué estoy cubierta de sangre. La verdad es que hay una razón muy simple: Maté al perro.


Fue en ese preciso instante, cuando me di cuenta de que Nancy estaba completamente loca: Nunca tuvimos un perro.



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